domingo 22 de junio de 2008

Sí en esa clara luz...

Si en esa clara luz pura y serena,
y el grave movimiento del corazón altivo gobernado,
para mi amarga pena
puede caber un breve sentimiento,
y haber un corto espacio reservado,
los ojos del cuidado,
Célida mía,
con piedad revuelve al mal que tú hiciste,
y a esta vida tan triste
que poco a poco en muerte se resuelve,
que así iré satisfecho con haber declarándote mi pecho.
El blanco tuyo, que a la nieve precede en hielo,
y en blancura si tocare el ardiente Mongibelo
que en mis entrañas
puede hacer piadosa al áspide más dura,
y abrasar lo más húmedo del suelo,
no con tan presto vuelo la ligera paloma
en su elemento fuera suelta, y movida,
cuanto tú enternecida de mi excesiva pena,
y mi tormento.
Mas mi fortuna esquiva quiere
que sin favor, y amando viva.
No de aspereza ni desdén furioso en corazón helado,
ni de elevado espíritu pujante, soberbio, y desdeñoso,
de un alma altiva, y pecho levantado,
libre entereza, o condición constante,
nació la penetrante llaga,
que el pecho, y alma así me aprieta,
ni el rigor fuera parte,
para que de alguna arte jamás se viere a tanto mal sujeta,
que el desdén de la dama si en otro enciende,
apaga en mí su llama.
Nació mi mal de un amoroso trato,
sincero, afable, y puro, y un alma blanda de esperanzas llena,
de un conversable bastante a enternecer
el reino oscuro de los que gimen con eterna pena:
que lo que me condena a grave desventura,
y llanto eterno, es, que en esta jornada,
la triste alma engañada fue con halagos como niño tierno,
hasta tener la presa.
Testigos fueron tus serenos ojos,
y mano cristalina que del pecho arrancó mi amada prenda,
cuan sin pena,
y enojos a tu reverberante luz divina el alma se rindió,
y cuán sin contienda sacrificio,
y ofrenda hizo de sí con todo el resto junto:
y tú por mi descanso con rostro alegre,
y manso me ofreciste tu fe en el mismo punto.
Mas ella está ya muerta,
y en mí el amor, la fe, y alma despierta.
Más bien merezco mi tormento, y daño,
pues al primer encuentro sin hacer movimiento,
ni defensa, ni mirar que el engaño
estar pudiera solapado dentro,
tan fácilmente concedí en mi ofensa.
Mas no con tan inmensa furia
batiendo el ala por el aire hirió
el venéreo infante a aquel Dios arrogante,
que del arco, y carcaj hizo donaire,
cuanto la flecha de oro en mi alma estampó el nombre que adoro.
Allí quedó la libertad rendida,
y de ello satisfecho con tus blandas lisonjas
sustentaba esta cansada vida,
por quien voy a la muerte más derecho,
que al mar la tempestad terrible y brava:
de quien sin pena estaba libre,
y fuera del duro cautiverio,
y entregó la preciosa libertad,
a la odiosa sujeción, y poder de ajeno imperio,
mal vivirá sin gusto no viendo cosa que le venga al justo.
Quando me considero en este estado miserable,
afligido de tantos males, y pesares lleno,
confuso, y atajado, vergonzoso me hallo,
y muy corrido, no por el mal rabioso con que peno,
mas porque el tiempo bueno,
que en dulce libertad gocé algún día,
nunca tomé escarmiento del áspero tormento,
que a mil amantes padeciendo vía,
teniendo su acidente por gusto suyo, y fábula a la gente.
Y a mi pasar permite el cielo
que la pura experiencia venga a mostrar
en mi cabeza ejemplo, más nunca sin recelo
viví jamás desta cruel dolencia,
que si el principio con razón contemplo,
y el grave dolor templo,
hasta que cese la pasión un tanto,
en aquel punto mismo con el hondo abismo
se oyó de la corneja el triste canto:
y hacia el horizonte aullar las Ninfas sobre el alto monte.
Un helado temor fue por mis vena
s entrándose al momento,
y un pálido color al rostro vino,
mis fuerzas sentí ajenas,
y en los miembros un grave cortamiento,
un ardor en el pecho repentino:
porque de aquel divino,
y no pensado encuentro alborotada,
la sangre huyó luego al corazón,
y el fuego poseyó lo mejor en la estacada:
el resto frío helado quedó sin sangre atónito elevado.
Mas luego respirando poco a poco
volví a mi ser primero,
el aliento perdido recobrando contento,
y casi loco de un sospechoso gusto mal entero,
y en el cuerpo la carne palpitando:
de aquí fue mejorando por pocos días mi dichosa suerte,
mas luego desta gloria
se acabó la memoria en breve
espacio para larga muerte:
que en tu condición dura conocí tu aspereza,
y mi ventura...